Nakary Romero
Psicólogo | Psicoanalista
Coord. ECOP
En El malestar en la cultura Freud señalaba que son tres las fuentes del sufrimiento humano: la caducidad de nuestro cuerpo, la insuficiencia de los métodos para regular las relaciones humanas y la supremacía de la naturaleza, que es capaz de encarnizarse con fuerzas destructoras, omnipotentes e implacables.
El pasado 24 de junio, lo que comenzó como un fenómeno natural habitual —que coloquialmente llamamos temblor— devino rápidamente en un encuentro con un Real devastador. Un evento que, desde lo singular, rozó la estructura de cada quien. Fue una irrupción violenta de la naturaleza que dividió en un antes y un después aquello que considerábamos estable. La tierra que creíamos firme se conmovió, haciendo colapsar la ilusión neurótica de estabilidad y dominio. Durante años habíamos sido espectadores de tragedias similares en otros países, pero nunca protagonistas.
Esto me hace pensar en algo que se planteó en un encuentro psicoanalítico citando a Lacan en su última enseñanza: lo Real es la misma vida. Es la contingencia de la vida la que nos sorprende y rompe nuestras bases, ideales y defensas para movernos en el mundo. Un Real inasimilable nos despojó bruscamente de las convicciones que hasta ese momento nos sostenían.
Al despertar con el violento sacudimiento en un piso 10, mi cuerpo intentaba asimilar el movimiento. Sin embargo, fueron la abrumadora alarma y un recuadro rojo paralizante los elementos tecnológicos que introdujeron la marca indeleble: “terremoto de magnitud 7.5. ¡Agáchate! ¡refúgiate! ¡sostente!
Es allí donde se constata el estatuto clínico del trauma: el choque del significante que muerde la carne como nos dice Lacan en su seminario 10. Hasta antes de leer esa palabra, el evento era un temblor fuerte; pero al nombrarse como terremoto, el significante operó de manera radical. Se activó un miedo ante el peligro, y con él, la angustia como señal que desborda la supervivencia unida a una sensación de muerte inminente. Encontrarme a mitad de un edificio de 21 pisos desvaneció cualquier posibilidad de escapatoria o respuesta motriz. Solo quedaba la suspensión: la espera del impacto o la azarosa posibilidad de sobrevivir.
Lacan nos enseñó que la experiencia humana se despliega en tres tiempos lógicos: el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. En la urgencia subjetiva del trauma, este orden se subvierte de manera dramática. La emergencia de lo Real produce un cortocircuito: se abole el tiempo de comprender. No hay margen para la mediación de la palabra, el pensamiento o la elaboración psíquica. El sujeto queda fijado en una sincronía fatal entre el instante de ver (el sismo, el color rojo de la alarma y, el significante mortífero) y el momento de concluir: "hasta aquí llegó mi vida".
El trauma se define justamente por esa fijeza. Cuando el tiempo de comprender queda abolido, el acontecimiento no se puede historizar; queda suspendido como un eterno presente en el cuerpo. Por eso, en los días posteriores, cualquier sonido equivalente reactiva la alarma y despierta la misma respuesta corporal. El cuerpo conserva el eco de ese significante que lo marcó, demostrando que el trauma no es el suceso exterior, sino la orfandad simbólica ante un Real que borró el tiempo de la comprensión.
* Resonancias del sismo es un espacio digital que se abrió con la finalidad de tramitar, por medio de la palabra escrita, la experiencia del doble terremoto con magnitud 7,2 y 7,5 ocurrido en Venezuela el 24 de junio de 2026

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