Waldo Bareño
Psicólogo | Psicoanalista
Coord. ECOP
Comienzo este recorrido de la histeria tratando de esclarecer algo que escuché en un seminario hace muchos años: “la histérica pone el cuerpo”. Pero, ¿Qué es eso? En esa oportunidad lo entendí de forma literal y en el sentido sexual como una respuesta angustiosa ante algo inmanejable, pero luego en la consulta comencé a ver otra cosa: enfermedades del cuerpo y un cierto desinterés en aras de un bien mayor, por ejemplo, el sacrificio. De ahí surge la idea de hacer esta ruta por los casos emblemáticos de histeria con el fin de entender cómo surge esto y de que se trata o qué se pone en juego.
Entonces, hasta este momento, el caso de Anna O me ha permitido extraer dos elementos característicos, uno es que en la histeria hay un amor al padre que parece estar “sostenido” en el cuerpo. El sujeto histérico parece llevar consigo obligatoriamente este efecto producto de un no decir, de una emoción “ahogada” o “sofocada”. Pero esta censura parece no ser un capricho sino una salida ante lo horroroso, cruel o descortés que puede llegar a ser esa emoción. Es decir, antes que decir o “descargar” ese afecto sobre alguien, algún lugar subjetivo dentro de sí autoriza a tomar la opción de la represión. Por esa misma razón, el recorrido inverso es lo que desenreda esto y suprime el efecto en el cuerpo, como lo demostró el caso.
En este punto dudo de que la represión sea realmente algo "autorizado" o si tiene que ver con lo que en las Comunicaciones preliminares se nombra como una “escisión de conciencia”, una “inclinación a disociar”; cosa que se puede ver claramente en el caso de Anna O. con los estados de ensoñación. Estos estados que, —no se si hoy podríamos decir— abstracción, distracción, pueden ser la base de lo que luego en otros casos es nombrado como indiferencia: “la indiferencia histérica”.
Por otro lado, el otro punto de interés que me deja el recorrido por este primer caso, es acerca de la posición del analista. Breuer no era, ni para entonces ni ahora, lo que hoy diríamos un analista; pero, para los efectos de este estudio, pienso que es válido preguntarse: ¿hasta que punto alguien en ese lugar debe tener una actitud —a mi parecer— tan complaciente? ¿En qué punto se debe abandonar la inercia e introducir algo que funcione un poco como límite del goce? No son pocas las ocasiones en que Breuer en un profundo interés clínico prestó su cuerpo a los fines de lograr calmar a Anna O. —darle comida en la boca, permitir que Anna lo identificara a través del contacto con sus manos, ceder ante su petición de cerrarle los ojos con la instrucción de que no los abriera hasta que él llegara— esto deja sin consideración, al menos por este momento, los efectos de la transferencia.
De cualquier forma, ya veremos cómo avanza este trabajo al rededor de las preguntas antes mencionadas.

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