Ailín Navas
Psicoanalista
¿Qué puede hacer un psicoanalista cuando el horror irrumpe?
Esa pregunta surgió en mí la tarde del 24 de junio de 2026, mientras el terremoto en Venezuela interrumpía una conversación de trabajo y, casi simultáneamente, las comunicaciones con mi país.
Como venezolana residente en Lima, experimenté una forma singular de angustia: asistir a la catástrofe desde la distancia, sin poder hacer otra cosa que esperar noticias de quienes amo. Comprendí entonces que existe un desamparo propio de quien no quedó bajo los escombros, pero tampoco puede intervenir allí donde se encuentran sus afectos.
En las horas siguientes comenzaron a llegar llamadas y mensajes de colegas, amigos y familiares atravesados por la incertidumbre. No buscaban interpretaciones ni respuestas capaces de disipar el horror. Necesitaban, antes que nada, que alguien permaneciera del otro lado.
Así, junto con dos colegas decidimos abrir un espacio de escucha para quienes transitaban esas primeras horas de desconcierto. Sin haberlo nombrado aún, comenzábamos a inventar un dispositivo de urgencia.
No había consultorio, diván ni encuadre analítico en su forma clásica. Había conversaciones sostenidas por mensajes de voz, silencios compartidos y palabras escritas con premura. Aquella experiencia confirmó que, en situaciones extremas, el dispositivo no precede al encuentro; es el encuentro el que obliga a inventarlo.
Días después encontré en Guy Briole una formulación que daba nombre a aquello que intentábamos: "hacer par" con quien ha quedado momentaneamente expulsado del campo de la palabra. No se trata de interpretar ni de tranquilizar. Tampoco de ocupar el lugar del experto que responde desde un supuesto saber. Se trata de ofrecer una presencia que permita restablecer un lazo allí donde el acontecimiento traumático ha dejado al sujeto sin recursos simbólicos para responder.
Los desastres naturales confrontan al sujeto con un real que irrumpe sin aviso y desorganiza las coordenadas habituales de la existencia. La urgencia comprime el tiempo lógico; la necesidad de concluir se precipita mientras el tiempo para comprender queda suspendido. En ese contexto, una intervención temprana puede ofrecer una interlocución que favorezca la reinscripción de la palabra y contribuya a que la crisis no encuentre como única salida el pasaje al acto.
La práctica psicoanalítica en la urgencia exige, sin embargo, una posición ética. El analista está llamado a sostener soluciones singulares y a resistir la tentación de responder con consejos o protocolos universales que silencien la invención propia de cada sujeto. Como señala Briole, el desafío consiste en permanecer abierto a la sorpresa y aceptar que cada encuentro obliga a reinventar la práctica.
La experiencia del terremoto confirmó entonces para mí una convicción: el lugar del psicoanalista no comienza cuando la urgencia termina. También puede hacerse presente allí donde el acontecimiento ha dejado al sujeto sin palabras. No para cerrar el sentido de lo ocurrido, sino para sostener una presencia que haga posible que, poco a poco, la palabra vuelva a encontrar su lugar.
* Resonancias del sismo es un espacio digital que se abrió con la finalidad de tramitar, por medio de la palabra escrita, la experiencia del doble terremoto con magnitud 7,2 y 7,5 ocurrido en Venezuela el 24 de junio de 2026

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